Muchacha en un banco de madera

El Banco de Madera

¿Qué utilidad tiene convertir un problema en una paradoja?
Niklas Luhmann

Muchacha en un banco de madera

Apenas visibles
los borrosos arbustos se confunden
con las extrañas figuras
de las sombras que al caer la noche descienden
violáceas
desde las sierras cercanas.

En la observación de las horas
La mirada distorsiona
la sobriedad del tiempo fluyendo.

Cuatro o cinco caballos pastan inquietos
como si anticiparan una tormenta eléctrica.

¿La pérdida de un canario más bien insolente
(inquieto danzarín,
entre libros
fue un motivo afectuoso)
ha de ser razón suficiente
para dejarse embargar por la tristeza?

¿Todo desasosiego se origina en una pérdida?

Que un caballo dispendioso corretee en las sierras
como persiguiendo a su alma
o que Joshua Bell vagabundee
hecho un ovillo su violín para mejor jugar
a la ronda con un piano inquieto
¿ha de ser razón suficiente
para lagrimear así tan leve
y sin dolor?

(¿Qué silueta se ha ido, qué afecto,
qué sujeto en predicado?)

El limón seco, ennegrecido como un fruto muerto

(haz a un lado la pena hombre débil:
eres mirado desde el cielo
por un satélite que sabe casi todo sobre ti),

el hielo derritiéndose, deslizándose en agua
sobre las grietas de la madera, la vodka tibia,
y todavía en un plato como apenas nacidos
los hongos que resultaron venenosos
y que el cantor probó en tu lugar, de puro juguetón
(eso desearías creer)
no han de ser razón suficiente
para explicar el frío quejumbroso
que ha inmovilizado a tus pies.

Tierra.

A unos metros del aljibe yace el canario bajo tierra,
dos escarbadientes en cruz le indican un posible destino.

No ha de ser razón suficiente.

Un grupo de personas elevan banderas,
pronuncian consignas que los excitan.

La televisión divulga en “mute
escenas con gente en movimiento,
aglomeraciones confusas,
la letanía del violín expande sonoridades ambiguas
algo como una abundancia casi neurótica,
de ideas atropelladas…
(frases sueltas)
(pesadumbres antiguas)
(pequeñas ilusiones)
todo cae, como la lluvia sobre el ventanal
desde el cual antes podía contemplarse
la agitada quietud del lago,
la silueta de un viejo banco de madera.
El banco de una plaza,
donde una muchacha de extravagante dulzura
no pudo evitar ruborizarse al ser abrazada
por un muchacho que comenzaba a descubrir
el impulso de la pasión.

Tierra.

Casi todas las interrogaciones
emanan de la contemplación;
emergen como extrañamiento.

Una fuente de agua dulce;
el roce de la piel
con la piel del otro.

Agua.

Rememoro historias
que he recorrido.
Sinuosidades y desvelos.
Sucesos anecdóticos que han ocupado
demasiado tiempo
de mi tiempo.

No ha de ser razón suficiente.

A tres voces y hasta de cuatro en cuatro
me dejo caer en la cama junto al fuego.
Podría dejarme dormir.

Nada me recriminarán los miserables de la tierra.
Nada me recriminarán los que han sido ungidos por el poder divino
para gobernar a los miserables de la tierra.

Podría…

Tierra.

Un hombre va montado en un sábado,
de tan abrigado quizá invisible
como los bañistas semidesnudos en una playa turística.
Lleva una bolsa de la que sobresale un pan.

Acodado luego en el mostrador de un bar inhóspito
el bigote del parroquiano bebe espuma.
A sus pies la bolsa
de la que sobresale el pan.

Vengo literalmente a matar al tiempo”,
se le ha escuchado murmurar.

No ha de ser razón suficiente
para dejarse embargar por el desasosiego.

(En cada nota musical
yacen ausencias mudas, promesas.
Una voz como de agua que murmura.
Una luz sobre el banco de madera
donde alguna vez experimentamos
la tibieza de la excitación amorosa).

Aclara.

He descendido hasta el lago
a entregármele al agua una vez más.

Me he provisto de pan caliente, vino, y queso
y anoto apuntes
de lo que desearía fuese un elogio de la pureza
o incluso una reflexión sobre el poder
o un texto que no sea pensado.

Aire.

En algunos estados del alma
el cuerpo no debería leer a Cioran.
O tomarlo enteramente, como al vino,
y de un solo trago;
«conservar para la Duda
el doble privilegio de la ansiedad y de la ironía
»,
ha escrito el poeta.

Lo que el ojo distingue,
no es lo que intuye.

Bebiendo entre parroquianos
en un boliche donde se hablaba acerca del tiempo
pedí que me acercaran el olor de un vino nuevo
y formulé una inquietud: ¿por qué al poder escapa
la tan simple noción del día después?

Un día vinieron a decirme: enterraron vivo a tu padre.
Con un tubito le permitieron respirar para que sintiera
el paso de otros presos por sobre las tablas que lo cubrían.

A los catorce años pude pues darme el lujo de la locura.
Los rientes en torno a la mesa de madera dibujada
con circulares huellas de copas
y pequeñas quemaduras de cigarros demorados en los bordes,
buena parte de ellos, amigos de la adolescencia
suelen recordar que yo les recomendaba leer a Whitman
cuando se manifestaban sorprendidos
por mi natural inclinación a “sonreír melancólicamente”,
cuando lo que esperaban de mí era cierto “resentimiento asesino”.

Quizá por ello la madrugada en la que quise saber
por qué al poder escapa
la tan simple noción del día después,
la pregunta los conmovió en largo silencio.

Un silencio hondo y extraño.

En aquellos días grises como acaso únicamente
pueden ser tan grises los días sin música
comencé a escribir
con faltas de ortografía y caligrafía casi ilegible
decenas de textos poéticos en los que nombré cien veces
el sentimiento del amor.
A diario partían los pequeños bocetos, destinados
a la adolescente que aún cuando hasta entonces
no había aceptado ser besada,
me hundió a besos, por así decir
en el banco de madera de una plaza con lago, puente y misterios,
no a causa de los llorosos y enamorados textos
sino cuando no pude evitar contarle, “explicarle”,
por qué lloraba.

Ella llevaba una cruz en el pecho y yo una lastimadura.

Yo no creía en Dios… Decidí confiar
en la piel desnuda, en la caricia delicada, generosa,
en la entrega.

En la elegancia del ser en dignidad.

Como a mi cabecita le costaba en aquellos días concentrarse
en las reglas aritméticas y en los misterios de la naturaleza
los muchachos que a mi lado estaban también haciéndose hombres
y las muchachas que a mi lado comenzaba a descubrir
los encantos del erotismo
(y todos las delicadas complejidades de la amistad)
unos y otras se ocuparon de los abrazos, las caricias
y los apuntes para los exámenes.

Aire.

Lo que el ojo distingue,
no es lo que intuye.
(La intuición no se ajusta a reglas,
lee la complejidad).

Un parroquiano decide romper el silencio,
a sus pies yace una bolsa de la que sobresale un pan.

Si no es ejercido, el poder es impotente,
luego, goza el puro instante, no reconoce otra cosa que el instante
”.

¿El origen de Dios es la mirada?

¿Es por ello que el poder todo lo observa?

Aire.

Un ramo de jazmines ilumina el escritorio.
Una muchacha de andar descalza me provee de ese aroma
cada vez que noviembre viene a recordarme que estoy vivo.

Agitado, tembloroso, inquieto, imbricado…

En las raíces, las ramas, los huecos de luz.

En la sonoridad de un monte criollo.
En el espejo del río.

En la palabra escrita con sangre.

En el esplendor del mar tormentoso.

En la lentitud de una espera.

En el asombro de un rechazo.

En el espanto del día después.

En el jolgorio de una canción.

En la apertura de un amanecer
que dibuja a un muchacho y una muchacha desnudos contra la arena.

En la sinceridad del que filma.

Agitado, tembloroso, inquieto, imbricado…

he amado
al mar,
a las mujeres,
a los caballos,
a las palabras hilvanadas
con el único objeto de producir sentido.
He amado el canto, el baile de los naipes,
la danza de las miradas cómplices.
He amado al viento, a la tecnología
y a los fogones bajo la luz de la luna.

Agitado, tembloroso, inquieto, imbricado…

En la mano que toma la fruta.
La lleva a la boca.
La lame.
En la boca que la mastica.
En la lengua que la saborea.
La succiona. (Jugo dulce)
La medita.

En el pie. La huella. La raíz expuesta.
En el asesinato de un inocente.
En el hambre de un niño.
En la ley.
En el miedo.
En el arte de la guerra
y en el milagro de la política.

En el camino asfaltado,
en el campo,
en el manantial secreto.

En el hombre que llora.
En la mujer que amamanta.

En la pugna de los instintos.
En la trama de la cultura.

Agitado, tembloroso, inquieto…
observo a mi pie temblar desproporcionadamente.

Como ajeno.

Como la cuerda de un bajo durante la interpretación
de una obra de Keith Jarrett.

(Hay sangre en mi hombro)

Acaso no he descansado lo suficiente.

(Hay una inquietud en mi ojo verdoso)

A la distancia unas sinfónicas nubes se alejan de las sierras.

(He matado a un mosquito perturbador)

Aire.

Comprendí tempranamente el sentimiento de la impotencia:
a los 11 años una bella niña me pellizco en la nalga
cuando yo observaba embelesado a otra que jugaba a la rayuela.

He tomado a un espejo por sus ojeras.
Le he arrojado un cuarto de copa de vino para mejor nublar
la ambigua noción de realidad propia de la tristeza.

(Hay una sonrisa en mi mueca partida)

¿Podrías morderme
ásperamente
el lóbulo de carne y cartílago?
Así.
Hasta que sangre.

Fuego.

Apenas somos, en vano es olvidarlo
insurrectas cenizas
que el cuerpo de la vida lame
y luego sopla
hacia algún lugar.
(La belleza estimula a la belleza)
(El vacío al vacío)
(La tibieza a la tibieza)

El fuego
al fuego.

Hazme un lugarcito muchacha
a lengua de distancia
del cántaro agridulce
que enjuaga tu alma en mi boca.

Allí donde milagrosamente he sido
manso y ardiente.
Allí donde he escuchado sin oír.
Allí donde en ocasiones he ansiado quedarme
a beber
eternidad.

Hazme un lugarcito entre las piernas y el espíritu:
allí donde he saboreado
la humedad
de lo que lame tibio
de lo que dulce sabe
como un jugo de uva que el azar derrama de la boca
al fuego
y de allí
a la luz.

Hazme un lugarcito en la frescura
de los cuerpos enamorados,
hazme bella un lugarcito
que allí es donde
todas las ausencias
son derramadas
en el tiempo…

A la distancia unas sinfónicas nubes se alejan de las sierras.

Fuego.

Preparo café.

Estoy solo con mis días.

En todas y cada una de las horas,
hay ausencias,
sonoridades,
excitaciones,
desvelos.

Imágenes retenidas.

(Hojas de sauce agitadas por una brisa)
(Olas de río, remolino)
(Remo hendido)

Agua.

La desnudez de su sombra.

(El bucle sobre el hombro. Pájaro)
(Una luz aérea y difusa que ilumina lo tibio.
El aire entre las piernas) Un desplazamiento leve.
(El vestido derramándose sin hacer ruido)

Agua.

La desnudez de su sombra.

Nadie pensó la escena.
La poética humana
es sorprendida todo el tiempo por el milagro del azar.
El azar modifica lo que sin estar escrito
puede ser imaginado.

Agua.

La desnudez de su sombra.

(El pliegue de gasa dibuja la silueta:
los senos menguantes
las nalgas como colinas de arena)

La desnudez del cuerpo.

Huellas en la penumbra.
La mirada.

Las manos son todavía más bellas.
La sombra insinúa.
El cuerpo dialoga.

En la fotografía que la expone con su vestido blanco
ella mira al cielo.

Dios no aspira a que actuemos siempre razonablemente.
¿Cumplen órdenes los ángeles?
¿Cómo dulcificar la realidad
si dejamos de creer en lo que no entendemos?
A la imaginación la esculpe el juego.
el puro deseo, la melodía de los amantes…

La muchacha de la fotografía me ha conducido
a un no lugar
en el que parece se disuelven las explicaciones.

Donde no hay nada que explicar no existe peligro.

A la hora de las caricias,
a la hora de la imaginación,
no hay cuerpo derrotado.

Lo que al lamer miramos
embellece.
Lo tocado
arde.

¿Albergamos la expectativa de algo más,
que ser tocados con pericia alguna vez,
que ser tiernamente vencidos
aunque sólo sea una vez?

La imaginación de los hombres es espíritu.
Y al espíritu lo esculpe el juego.

Los pezones alertas.
Los blancos dientes de doble filo…
La perfección de las líneas desparejas
con las cuales la imagen expone
como si de un avión que se prepara para aterrizar se tratase
la contundencia de sus pechos rosados.

¡Ah! La boca entreabierta. Por donde respira
el tiempo detenido.

(Se trata sin duda de un recurso menor,
pero no puede negarse que logra lo que se propone:
llamar al otro a descubrir lo desconocido).

Aire.

Yacen dispersas
demasiadas fotografías
sobre la mesa
de madera,
demasiadas memorias danzando
como las hojas de los plátanos en otoño
alrededor de un viejo
banco de madera.

Lo que miramos nos mira.

El velamen al fondo sugiere un vuelo.
Uno cualquiera. El del viento,
o el de la marea.
El cuerpo llama a la tierra.
Como el vino barato
a la tierra de nadie del olvido llama.

Los pechos de una muchacha a la que conocí
andando en bicicleta, dialogan con el frío.
Parece solicitaran una mano que los entibie.

Para la perfección de las nalgas las manos serían insuficientes.
Llaman a la lengua y al sentido.

Sentido tiene el sudor.
La imagen gira sin ruido.
Gira.
Como gira el silencio.

¿Imaginar la aventura es ir girándola?

Agua.

En el pasto húmedo la mano perdida.
Perseguía un cascarudo torito como quien busca sal en el mar.
Lo olfatee hasta que se acercó a la playa.

Casi todas las búsquedas terminan en la arena.
En el reloj de arena
En el castillo de arena

En unas dunas ahora remotas descubrí
las perturbaciones que es capaz de animar el viento.

Estaba pensando en qué lugar del yo aparecía Dios
y unos granos de arena me entraron en los ojos.

Dejé de ver. Incluso a ella irse.

Y para no oír me zambullí en el agua helada de noviembre.
Y nadé hasta recordar que a los doce años alguien me dijo
que olvidar es volver a colocar las piezas en el tablero.
Alguna vez recuerdo haber olvidado.

Los caballos encabritados saltan de a tres y se mueven luego nerviosamente un lugar hacia derecha o izquierda, como para recuperar el placer del silencio.

El yo es un nido tibio, el hogar de la eternidad
que no nos pertenece.

He amanecido.

Una atractiva mujer, de andar enérgico, impulsa
a su pequeña hija, a la que lleva tomada de la mano.
De su bolso sobresale un pan.

En el Sí y el No reside la necesidad del sentido.
En la mujer que protege a su hija anda la vida sin palabras.
En el abrazo entre los amantes
anda la vida sin palabras.
En la generosidad de la entrega
la vida sin palabras.
En la capacidad de matar
la vida sin palabras.

Detrás del grueso tronco de un árbol solo
no hay nada.
O quizás
un viejo perro lamiendo sus heridas
la música de un arroyo
el eco del relincho de una yegua blanca
perdida
entre las sierras.

Quizás
una muchacha soñando
con los ojos del cielo.

Dos horneros laboriosos
que ya conocieron el amor.

O quizás
la estrella con la cual se orienta Dios
para decidir cada día la dirección del viento.

Si pudiésemos padecer la eternidad
no haríamos trampas.
Ni el uno ni el igual tendrían sentido.

A la hora de la verdad el otro somos.

La idea de Dios nos unifica.
La finitud. La palabra.

Pero jamás haremos
dos idénticos de lado.
Ni siquiera llorando juntos haremos
dos idénticos de lado.

El miedo nos conduce por diferentes enigmas.
Aunque la alteridad a veces
excite
y en ocasiones corrompa,
el espíritu del otro,
lo igual del otro
lo uno…
El otro somos.

Hazme bella en silencio
un lugarcito
apenas un lugarcito
a un lado del río de vodka.

Un lugarcito apenas.

Yo ordenaré las fotografías,
acomodaré los recuerdos en su rinconcito digital,
lloraré hasta mañana.
Seré placenteramente en tristeza
pues ese estado del espíritu
únicamente ocurre ante la promesa del amor.

A la hora de las caricias
no hay cuerpo derrotado.

He dormido, he soñado incluso.

Bajo los pies el puerto.
Los buques herrumbrados de los días grises.
Las espadas que he leído. El hierro sin olor de las batallas
que he perdido.
Todo eso va siendo de mí.
Bajo los pies otra vez el puerto.

Tierra.

El trigo tiembla
en la paleta de un loco.
No hay crepúsculo ni aurora ni nombres,
ni fauna ni flora ni selva
ni siquiera una fuente donde beber.
Ahora.
El tiempo es la palabra.

Ahora es la hora de las promesas.

La piel del oso,
ensalivada.
La miel del puente,
dinamitada.
La flor del jazmín, el libro sin firma,
la voz sin palabras.
Ahora.
Todo por un vintén, por un mendrugo.
Prométeme que no morderás mi erecta servidumbre.
Era hora de que lloraras, rieras,
Iluminada por el fuego.

Fuego.

Un pequeño movimiento separa la risa del llanto,
la imagen que registra la belleza de la muchacha de los jazmines
de la que expone la dulzura de la mirada de la anciana panadera
que en una noche estrellada
pronunció la palabra “Neshama” y se hundió en un silencio provocador.

Yo tenía 11 años y jugaba con una guitarra.
Ella había encendido en un pozo que siguiendo sus instrucciones
yo había cavado en la arena
un aromático fuego elaborado con piñas y hojas de eucaliptos.

Ella bromeaba asegurando que las arrugas habían
ocupado el lugar de su cara
y se quejaba
porque el largo de mi cabello ocultaba la mía.

Neshama”, murmuró mientras la fragilidad de sus fuerzas
disputaban con la pesadez de su cuerpo,
en el afán por preservar la elegancia de los movimientos
a los que estaba obligada cuando consideraba “impostergable
irse a dormir.

"Neshama", la llama que nutre de vida
mientras sopla el viento en su interior.

La misma llama que pone a andar los engranajes del día;
(canta un hornero, se escabullen las arañas,
suda el panadero, se le cierran los ojos a las putas,
lamenta el borracho su destino incierto,
se dispone a vivir un día más la anciana de las flores rojas,
la que me guiña cuando me ve rondar su morera escarlata)
la misma llama que ilumina a la muchacha de los jazmines
cuando suspira,
la que mueve a su cuerpo largo que se agita como todavía gozando,
la que alumbra su cara entreabriendo apenas los labios
para recibir al aire de la mañana,
la que pone punto y coma arqueándole las negras cejas,
la que impulsa el suspiro.

La muchacha de los jazmines duerme.

Agua.

El colibrí verde que al atardecer del día de los descubrimientos
parecía querer enseñarnos a succionar la vida,
(iba de flor en flor mirándonos atrevidamente),
se toma un respiro.
Ha estado bebiendo polen alocadamente
y en el momento en que me inmovilizo
para no atemorizarlo
decide tomarse un respiro hamacándose sobre una rama delgada.

Las alas del colibrí agitan al universo.

He dormido.
He conducido un auto andándome hacia adentro
y no me he estrellado.

Heme aquí otra vez de nuevo
ante mi posesión entrañable.
El horizonte violáceo de las sierras.
Una araucaria sin aliento, tres olivos,
y el sauce con el cual sus cabellos se confunden.

Heme aquí como un grillo orgulloso
al que no asusta el silencio;
heme aquí ante el fuego.

Aire.

La piel de la muchacha de los jazmines renace bajo mi mano.
Rumorea improperios.

Blancos como la sal
sus senos se relatan
breves
como el miedo.

Una y otra vez.
Como un murmullo.

Heme aquí
ante el tiempo conmovido,
como un murmullo
ante el tiempo conmovido
y presto a hacer pie en ti,
pequeño fuego
ante ti.
Arrodillado.

No ha sido la perfección del cuerpo
de donde ha surgido el esplendor del fuego.

A la llama la enciende la generosidad de la entrega.

¿Lo único eternamente perfecto es el fuego?

Agua.

Se quejan de no sé qué cosa, escandalosas
las anónimas cigarras del bosque.
Chillan. Distraen. Quizá adviertan, pretendan advertir,
acerca de alguna perturbación; quizá simulen,
encubran
algo que no quieren oír.

El último respiro.

Tierra.

Yo procuro dibujar un laberinto que contenga
una morada vital
razonablemente acogedora.

(Se me ha sugerido que negar a Dios
es como pretender que dialoguen
el viento y el olvido).

(Que a la luz de la luna el roce con la piel desnuda
de una mujer deseada es como frotar una lámpara,
pero que sin dioses ni ideas
no cabe imaginar ningún encantamiento)

(Que en la pantalla táctil y la realidad aumentada
habitarán la creatividad y el diálogo, el espejo y los juegos,
incluso el amor)

Pretendo dibujar un laberinto que contenga…

El número siete.
El lugar que ocupa el Yo en su mirada.
Las risas de una multitud excitada.
El olor del café.
El pasillo que conduce hacia el avión.
Las sinuosas piernas de las azafatas.
El hombre que lee un diario.
El hombre que camina lentamente
con una bolsa de la que sobresale un pan.
Un banco de madera.

Me han sugerido que el sentido del humor es la morada.

Tierra.

Con los ojos de un perro bueno, una víbora escurridiza,
curiosa,
(diríase que con vocación de mascota
aunque es evidente que jamás se comprometería a no morder)
me obliga a pensar en el temor.
Sube por la Santa Rita violeta,
y desciende luego misteriosamente de rama en rama,
camuflada en el verde del laurel.
Se desliza hasta la manzana que le he lanzado
para atemorizarla.

Pretendo dibujar un laberinto que contenga
una morada vital
razonablemente acogedora.

Deposito mis ideas en su hombro.
Entrego mi alma a sus manos.
La oigo gemir de gozo aunque es ella la que actúa.

La generosidad es el principio de todo placer.

Estoy solo con mis días.

En el espejo el fuego.
En el espejo del aire.
En el espejo de la tierra.
En el espejo del agua.

Un banco de madera.

Una muchacha en bicicleta.
Una muchacha que huele una flor.
Una muchacha que escapa con las botas
de siete leguas.
Una muchacha que al danzar
agita sus brazos como molinos de viento.
Una muchacha que lee procurando
aprehender la noción de infinito.
Una muchacha que tose esforzándose
por domeñar al deseo.
Una muchacha que juega con un pañuelo carmesí.
Una muchacha que mastica hojas de menta.
Una muchacha cuyos tensos,
voluminosos pechos
parecían querer escapar
todo el tiempo
de su torso enjuto.
Una muchacha que en moto
atropellaba a la vida
como una nube cargada de lluvia sobre una sierra.
Una muchacha que en la expresión de su rostro
acompasaba
cierta candidez y un algo de violencia,
como un espejo quebrado sobre una alfombra roja.
Una muchacha diestra en oír
a los labios rozando el cuello,
el desplazamiento de la boca a través de la hendidura entre los senos,
a la lengua dibujando un círculo en el pezón erecto.
Una muchacha que ejercitaba el juego
de pasear su desnudez entre sus pinceles y el viento.

En todas y cada una de las horas,
hay ausencias,
sonoridades y murmullos,
promesas
excitaciones
y desvelos.

Un banco de madera.
Una plaza.
El azar
y el fuego.

Un banco de madera.
El agua, el aire, el fuego, la tierra.
La luna frotándose en el río.
La mera posibilidad de ir de la mano por el mundo.

Gerardo Bleier

Muchacha iluminada por las luces del fuego

Imagen: Obra de Vicky Barranguet; "planos de color y calor"

En la simple complejidad del ser aquí
como en una oración
o un aliento en espejo
el soplo silbante del viento…

y una muchacha danzando ante el fuego.

Sedado acaso por su mecerse lento
creí oír que susurraba para sí:
“anda el animal humano tan ocupado
en conquistar la mirada del otro
que raramente se ocupa de la mirada del otro”...

Mientras colocábamos los leños en la estufa
procuramos entibiar la sangre con un vino dulzón,
y áspero, como el destino escrito en la piel.

La observé danzar concentrándome en sus ojos, en su mirada altiva…
y acaso triste.

Ella a su vez jugo a esconder el juego
detrás de la alargada copa ya vacía,
como sugiriéndome olvidase todo decorado.

Muchacha de la pollera florida

Obra plástica: Lourdes Reyes


Hipnotizado por la visión de una liviana pollera que el viento elevó
hasta la altura de sus nalgas,
hipnotizado por la fugacidad de esa imagen
que quizá por lo mismo suele resultar más excitante que la desnudez,
caí en algo como un silencio atolondrado.
La muchacha de la pollera florida venía de indicarme
que le desagradaban mis canas, una cierta indisciplina de mis cejas
y hasta mi manera de quedar encantado en la contemplación
de las mujeres que exhiben alegremente su belleza.

(Ella misma).

Olvidar a la muchacha de la pollera florida
requirió de más de una botella de un costoso vino
que yo había adquirido para que bebiésemos juntos
en esos días de lluvia durante los cuales
la experiencia amorosa suele ser más lenta, penetrante.

(¡Ah, pequeña ansiosa!)

La imagen de la pollera elevada por el viento,
la visión de sus cabellos formando
remolinos como golondrinas en vuelo,
la visión de sus caderas anchas,
su espalda erguida, sus botitas de gamuza marcando
la delicada sinuosidad de sus piernas,
como queda de manifiesto en la simple enunciación
retorna
periódicamente
a perturbarme
cuando pretendiendo distracción tomo asiento (y lo hago con frecuencia)
en el mismo banco de madera de la plaza
donde me lanzó a quemarropa y sin darme derecho de réplica,
sus inesperados reproches.

Sostiene Roland Barthes en un bello libro titulado
“Fragmentos de un discurso amoroso”
que “del ave Fenix no se dice que muere sino solamente que renace”.
Y se pregunta: “(¿Puedo pues,
renacer sin morir?)”.

La única lección que recibí a sangre y fuego
en el transcurso de los días
es que antes de dejarse tomar por el resentimiento
es preferible abandonar el mundo
y que por eso mismo, el jolgorio amoroso
es como un carrusel
del que hay que bajarse y subirse en movimiento.

He olvidado el nombre de algunas muchachas.
A ninguna de ellas.

¿Qué hacer con las imágenes,
con las obstinadas memorias de las frustraciones,
las derrotas,
las aventuras inconclusas?

(¿Y qué aventura no lo es?)

¿Un duelo?

Elogio,
las solventes caricias
de toda mujer capaz de arrodillarse ante si misma
y tomarte del cabello
y situar a tu lengua en el exacto lugar, en el punto preciso
en el que se concede el placer de gemir
mientras le tiemblan las rodillas
con las cuales te contiene, te mandata, te explica a su manera
que en el juego amoroso no manda nadie, no muere nadie…

Elogio en fin,
el sentido de lo bello que se memoriza.
Que se consume...
No el nombre y el apellido de un aliento pasajero.

Escucha
(muchacha de la pollera florida)
he aquí el secreto:
me inclino ante ti y en ti ante todas
ante las frágiles,
y las oscuras,
ante las temerosas y las osadas,
ante las púdicas y las explícitas,
ante las silenciosas y las conversadoras,
ante las delgadas y las corpulentas.

Me inclino (entrego) ante el misterio esencial de lo humano,
la búsqueda del otro que protege…la incompletud que es drama
pero a la vez una música… una música que nutre
incluso cuando desafina.

Muchacha que le sonríe a la música

Las cejas afelpadas
de tan ligeras luminosas;

la astucia con que se detiene
en la palabra luego…

La delicadeza con que su mirar se columpia
mientras deposita la cabeza en la almohada.

La muchacha sonríe, y un pequeño hueco se forma
en la comisura de sus labios.
Y suena una música.

Ha llegado el momento de danzar.

Danza.

Los brazos extendidos,
las piernas una en el aire,
en tierra la otra
como si fuese una muñeca de cajita de música.

Como si una brisa le silbase al oído,
como si puliese una pieza de roble con las herramientas del carpintero,
como si acariciase a un hombre ciego
como si abanicase a Cristo mientras lo crucifican.

Danza.

Diríase que de sus dedos se ha desprendido
el hilo con el que sostuvo una cometa.

La muchacha que sonríe llora en duelo.
Pone en práctica esa singular costumbre de padecer
cuando entra en ausencia la mirada del otro
a cuya proximidad cotidiana nos habíamos habituado.

La muchacha sonríe, y un pequeño hueco se forma
en la comisura de sus labios.
Y suena una música.

Y ella se adormece.

Y la tierna crueldad de las horas
silba en su oído algo como el canto de los ríos

y al fluir, fluir, fluir, le dictan
una sentencia tan antigua como el agua:

en toda derrota hay una apertura
hacia una música por danzar

Muchacha en un avión

Como un resplandor,
un gemido en ahogo,
una huella en la arena
una caricia sorpresiva,

se hizo en luz sobre ella la mirada,
y allí
quietita,
absorta,
se dejó penetrar por el encantamiento.

Al posarse en la levísima caída de los hombros,
en las cejas arqueadas,
en la prestancia del largo cuello
en los senos suavemente distendidos,
ya él en palabras
creyó estar aprehendiendo
la humilde altanería de las mujeres distraídas
a las que nada les pasa desapercibido.

Un hecho relevante los puso en diálogo.
La azafata omitió servir en primer lugar a la dama;
el seductor recuperado ya del impacto del descubrimiento
(la belleza en su estado natural sentada detrás de él
durante las primeras tres horas de un vuelo sobre el Atlántico)
que le intimó a hacerlo,
la muchacha que agradeció con una sonrisa cómplice.

(El azar, como un dios sin lenguaje,
juega en ocasiones con la vulnerabilidad de los hombres).

“Besaría ahora mismo tus pies”, se escuchó él decir.
“¿Qué lees?”. Preguntó ella, poniendo distancia.
“Besaría ahora mismo tus pies”, reiteró él, entregándole
el manuscrito de un libro de poesía.

(“Sin aguardar noticias de altamar
- regresaron ya los pescadores –
el faro custodia
las adormecidas sustancias desparramadas en la arena.
Cacharros, caracoles, algas resecas, entre las piedras.
Las embarcaciones lucen, borroneados,
sus nombre con sed:
Aurora. Aguadulce. Eloisa.
A escasos metros de la playa
el rancherío de cabañas con techo de paja
y algo más atrás
sobre las dunas
deslumbrante
un “Martini
te invita a vivir”), ella leyó,
en voz baja, pero audible.

Él se ruborizó porque una anciana, situada junto a la ventanilla,
escuchaba expectante.

En un tono más alto, ella casi exclamó:
¡“Incrédulo como un perro ante su imagen en el espejo,
sobresaltados los pies por el enigma de su amputabilidad
y aún con la ansiedad de un hombre que fuma
yo advierto
que es silencio
casi todo lo que resuena”!

“Un verso propio de quien descubre la maldad…bello,
aunque quizá algo infantil”, apuntó.

“Perdí el deseo de besarte los pies”, susurró él.

¿Dejarse encantar por la belleza
aspirar a aprehenderla cada vez que se expone
es un programa enriquecedor
aunque en la velocidad de la persecución se ponga en riesgo
a sujetos amados?
Preguntó ella como si aludiese al estado del tiempo.

Él se acercó a la anciana y le rogó: ¿Tendría usted señora
la amabilidad de cambiarme de lugar?

“Iba a proponerlo”, contestó en un tono
acaso tierno, acaso irónico.

Un panadero dibujado como arlequín, un torero resuelto
con unas pocas pinceladas sobre cartón,
y un libro, descendieron con el muchacho en Montevideo.
Ella continuó viaje a Buenos Aires.

***

“Me sentí como una puta”, repitió
serena, la muchacha del avión
asegurándose que él registrase ese sentimiento.

El muchacho hizo como que no escuchaba,
pero han pasado ya muchos años
desde que ella tocó el timbre
de una casa en la que él mismo no sabía que habitaría
cuando volvió a la ciudad luego de cinco años de ausencia
y de vez en vez,
de cuando en cuando, lo recuerda. La recuerda.

Él no había leído de Camus más que una biografía,
ella le obsequió un ejemplar del “Mito de Sísifo”.

Él no había aprendido a ponerse en el lugar de una mujer seducida,
ella no había aprendido a lidiar
con la inmadurez emocional de los muchachos en tránsito.

Era bella como una playa desierta.
El más estúpido de los conquistadores podía ver en ella
esa especie de hondura que derraman algunos perfumes.

Ni él ni ella disponían aún,
quizá no dispongan todavía,
de una respuesta a la inquietud que los ubicó uno al lado del otro
en el avión que cruzaba el Atlántico:
¿Sólo una prudente distancia emocional
posibilita el disfrute a los amantes fugaces?
¿Únicamente la comprobación de una entrega
no meramente física
permite a una mujer gozar de su amante?
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